La leyenda de la victoria de las mujeres de Jaca

Llegué a Jaca y lo primero que me impactó fue su formidable fortaleza, una mole pentagonal que domina el paisaje con una presencia majestuosa. Tras atravesar el puente y acercarme a la taquilla, me adentré en la pequeña tienda del recinto para echar un vistazo a los recuerdos y publicaciones. Como en ese momento había poca gente y el ambiente era tranquilo, entablé conversación con la dependienta. Le pregunté si la fortaleza desempeñaba un papel muy importante en la vida de la ciudad y si tal vez se celebraba alguna fiesta especial en ella. Al escuchar mi curiosidad, sonrió con orgullo y me contó esta historia:

Nos remontamos al año 760, en pleno corazón de la Alta Edad Media. En aquella época, las tierras del norte de Aragón vivían bajo la constante amenaza de la expansión musulmana. Jaca era apenas una villa fortificada, pero su ubicación estratégica la convertía en una pieza codiciada por las tropas del emirato.

Jaca

Un mañana de primavera, los vigías dieron la voz de alarma: un enorme ejército musulmán se aproximaba por el valle. La desproporción era aterradora. Los hombres de Jaca, liderados por el conde Aznar Galíndez, sabían que sus posibilidades eran mínimas, pero decidieron salir al campo de batalla —en los llanos de la Victoria— para frenar el avance enemigo antes de que alcanzara las puertas de la villa. La suerte estaba echada y la lucha se encarnizó de inmediato.

Mientras tanto, dentro de las murallas, el ambiente era de pura angustia. Las mujeres de Jaca, reunidas en las plazas, veían cómo el polvo del combate se levantaba a lo lejos y escuchaban el choque del acero. Sabían que, si los hombres caían, la ciudad sería arrasada y sus familias sucumbirían.

Fue entonces cuando ocurrió algo insólito. Una de las mujeres rompió el silencio, alzó la voz y gritó que no se quedarían de brazos cruzados esperando la derrota. Sin armas reales ni armaduras, se organizaron en cuestión de minutos. Armadas con lo que tenían a mano —hoces, palos, tridentes, cuchillos de cocina y grandes calderos de cobre y latón—, salieron en tropel por las puertas de la ciudad para acudir al rescate de sus maridos, padres e hijos.

Aragonien

Cuando llegaron a lo alto de las colinas que dominaban el campo de batalla, el sol del mediodía comenzó a reflejarse con una intensidad cegadora en los calderos, ollas y herramientas de metal que agitaban con fuerza. Desde la perspectiva de las tropas enemigas, lo que aparecía en el horizonte no era un grupo de vecinas desesperadas, sino un segundo e interminable ejército de refresco, cuyos yelmos y escudos brillaban de forma amenazante bajo el sol de la tarde.

El pánico se apoderó de las filas musulmanas. Creyendo que se enfrentaban a una emboscada masiva de refuerzos cristianos, rompieron la formación y emprendieron una retirada desordenada. Los hombres de Jaca, al ver el coraje de sus mujeres y la confusión del enemigo, sacaron fuerzas de donde ya no quedaban y culminaron la victoria.

La dependienta hizo una pausa, me miró y concluyó la historia señalando que, desde aquel lejano día, la ciudad nunca olvidó la gesta. Cada año, el primer viernes de mayo, Jaca se engalana para celebrar el Primer Viernes de Mayo, su fiesta más grande, donde miles de vecinos rememoran con trajes de época, música y orgullo el día en que las mujeres de la villa salvaron su destino.

Aragonien

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