Sobre mí...
«El cielo tiene cuatro esquinas, dice el ratón que vive en la caja».
Para dejar una cosa clara desde el principio: No, no estoy de vacaciones. Y no, tampoco estoy jubilado. Estoy haciendo algo mucho más elemental: viajar.
Mi camino me lleva allí donde los paisajes susurran historias y la cámara captura momentos que merece la pena conservar. Me fascina la infinita diversidad de nuestro mundo: el colorido de las costumbres, la profundidad de las culturas y las personas que las moldean. Pero soy algo más que un observador; soy un explorador en busca de las raíces.
¿Por qué la gente construye como construye? ¿Por qué su comida sabe a la tierra sobre la que se asientan? ¿Y por qué su dolor y su alegría se expresan en bailes y canciones tan específicos?
La respuesta la encuentro casi siempre en sus leyendas y mitos. Son el espejo de su historia, moldeados por una naturaleza austera o frondosa, marcados por lenguas, guerras, epidemias o hambrunas. Son la memoria cultural de nuestros antepasados.
Para poder llegar precisamente a esos lugares que quedan fuera de las rutas habituales, campericé un antiguo furgón postal hasta convertirlo en mi hogar móvil. Tras muchas horas de trabajo, mi furgoneta está perfectamente optimizada. Y siempre me acompaña Rocinante, mi fiel bicicleta plegable. Juntos hemos cruzado ya muchas fronteras y nunca me ha dejado tirado.
En el concesionario había 70 furgones postales. Mi madre dijo: «¡Pues llévate el amarillo!». La mayoría solo tenían un asiento. Yo encontré uno con dos plazas. Tenía pocos kilómetros y estaba relativamente poco castigado.
Tras muchas horas de limpieza, tocó aislar.
Relé separador, batería auxiliar y cableado según las enseñanzas del «Profesor YouTube».
Mi bici plegable Rocinante marca las medidas. El resto se construye a su alrededor.
Empieza el montaje del interior. Cama a la izquierda, cocina detrás.
De por medio, una visita a urgencias para sacarme del dedo una astilla de dos centímetros.
Furgón postal con ducha. Superpráctico, pero con el tiempo he preferido ahorrar espacio y ducharme al aire libre. Uno se va curtiendo.
Y nos vamos al primer viaje por Francia y España.
Uno va aprendiendo, así que en primavera le añado un panel solar.
Mientras tanto, me doy cuenta de que la distribución no es la ideal. Así que lo saco todo otra vez. Vuelve a quedar el vehículo vacío. La madera se reutiliza. Esta vez cambio el suelo por completo. Añado calefacción estacionaria, asiento giratorio, buenas baterías y ducha exterior.
La nueva distribución: cama abatible de 190 x 140 cm. Al lado, almacenaje y cocina. El colchón de 12 cm sale fuera y lo sustituyo por uno plegable de 6 cm.
Tres semanas de lijar y sacar bollos, y llega el gran día. El amarillo me gustaba, pero no es un color fácil de pintar. Así que tiro por un blanco neutro.
En Marruecos la luna trasera me explota dos veces en cuestión de tres semanas. Toca recurrir a un artesano del metal marroquí. Llego a su taller a las 15:00 y a las 22:00 nos hacemos una foto en grupo delante de la obra de arte. Incluso me pregunta: «¿Te la pinto también?».
Al llegar a casa le pongo una nueva «luna». Sustituyo la africana por una chapa de aluminio pintada. Pero antes hubo que reparar los desperfectos de chapa. ¡Nada funciona sin mi colega Angelo!
El T5 es el vehículo ideal para mis trayectos. Paso por cualquier pueblo, puedo aparcar en cualquier sitio, soy totalmente discreto y así no molesto a ningún vecino. Libertad y lujo son enemigos: ambos tiran de extremos opuestos de la misma cuerda. ¡En mi caso, el extremo de la libertad tira con más fuerza!
La próxima aventura me espera
Entre tanto, he hecho un viaje mochilero clásico bastante extenso alrededor del mar Báltico, experimentando la vida con mochila, autobuses de larga distancia, hostales y hoteles cápsula. Con ello he reunido y puesto a prueba mi equipamiento para grandes viajes internacionales.
El mundo ya puede venir.








